viernes, 6 de diciembre de 2013

El vértigo


No sé si te he dicho
alguna vez
lo mucho que supone
para mí que tú,
precisamente tú,
me digas que me quieres.

Yo sé que para ti
es algo cotidiano;
que en tu familia
os lo decís entre vosotros
al despediros
incluso por teléfono.

A veces me quedo a tu lado
cuando hablas con tus hermanas
o tu hermano
o tu madre
o tu padre,
sólo para escuchar esa última frase.

Es entonces cuando creo
que el mundo es más humano
para mi:
desde que tú me enseñaste
a decir,
a aceptar
todo ese discurso implícito
que se sobreentiende
en esa clase de despedidas.

No estaba acostumbrado,
(quizá porque provengo
de una estirpe
de hombres sin palabras
ni caricias en las manos)
a la suavidad de la voz.

Venía con un legado
de cobre y cemento
bajo la piel
para poder sobrevivir
a la intemperie,
cuando la intemperie
es una nube de vaho bajo las estrellas.

Pero te conocí
y me lloviste como
un agua muy fina,
ablandaste lo que yo
estaba destinado a ser.

No puedo disimular que sigo
siendo un hombre que conoce el hierro
y la escasez
y la esperanza
y la locura.

No puedo esconder
que tu cuerpo
me deja sin alma
cuando la noche aúlla
tu grito de amazona
hasta devolverme al bosque
de donde salí huyendo.

Ni que me atraviesas la vida
cuando te estremeces pegada a mí,
que no puedo evitar
ser el hombre
y el lobo
al mismo tiempo
que te busca a tientas
en la hora más salvaje.

Un hombre,
que espera perplejo
en la despedida de cada día,
que no se acostumbra aún,
a ser destinatario de esas palabras
que me calman
y me hacen temblar
cuando las oigo,

esas palabras que hoy,
por primera vez desde que nos conocimos
eché de menos.


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