Ayer por la tarde
tu voz
esa voz que zozobraba
hace unos meses
me trajo tu nombre de nuevo
como el mar devuelve a la orilla,
tarde o temprano,
lo que una vez se llevó.
Tu nombre venía pegado a tu cuerpo,
o a lo que recuerdo de tu cuerpo,
y el mío sintió cierta tristeza
de no abrazarlo hasta hacer
de nuevo
un nudo,
y mi corazón se resintió como los huesos rotos
cuando cambia el tiempo
y tuve que sujetarlo como a un perro
que quiere acercarse a otro.
Si no pudiera
disimular lo bien que lo hago
me alegraría tanto de verte
que saltaría encima tuyo
y te lamería la cara.
Ayer me nos encontramos
qué casualidad
cuando salía de la farmacia
y nos paramos uno enfrente del otro,
y me dijiste que me veías bien,
y qué tal con esa chica con la que me ves a veces
y qué tal mis padres,
y que tenemos que quedar un día.
Y que cambiaste de trabajo,
y los dos convenimos que era una locura
en estos tiempos
pero hay que cambiar a veces
cuando las cosas se estancan
y me miraste en silencio
durante un imperceptible instante
en el que hubieran nacido y muerto
millones de estrellas,
y tuve la sensación de que en ese hueco
me decías que me cambiaste porque
necesitabas algo nuevo en tu vida
y que yo sólo fui un daño colateral asumible.
No sabría decir muy bien por qué,
pero intuí que no querías cambiarme a mí
por lo que tienes ahora,
que en el fondo fue un capricho de niña consentida
a la que todo le sale siempre bien.
Y si te he de ser sincero,
cuando me quise dar cuenta,
estaba hablando con otra persona distinta
de la que había conocido,
y me alegré de que me veas a veces con esa chica,
y que cambiaras de aires
y que me apartaras de tu camino,
y que me dejaras perplejo,
y que yo dejara de confiar en las mujeres
cuya vida debe ser siempre
distinta a la que tienen.

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